Vivimos en un mundo en el que estar a dieta los 12 meses del año no es considerado enfermizo sino “admirable”. Y es que, a no ser que seas un atleta olímpico o ansíes ser un deportista profesional, pesar cada una de tus comidas o contar calorías por el resto de tu vida, no necesariamente es lo mejor para tu salud mental.

¿Alguna vez te has restringido tanto por un período de tiempo que cuando este se acaba comes con impulsividad? Probablemente sí. Los ‘atracones‘ de comida cada vez están más normalizados, así como la culpa posterior que puede desencadenar en desórdenes psicológicos y alimenticios.

Lo más preocupante es que muchos nutricionistas y supuestos profesionales de la salud, lejos de enseñarle a las personas cómo llevar un estilo de vida saludable a largo plazo, los terminan enfermando diciéndoles cosas como “lávate los dientes para que se te quite el antojo de dulce”.

Hoy queremos dejar de lado las restricciones y las culpas, y aprender a alimentarnos de manera intuitiva, reconectándonos con nuestro propio cuerpo.

¿Por qué las dietas no funcionan a largo plazo?

“Generalmente, empezamos a hacer una dieta porque odiamos nuestro cuerpo o no estamos cómodas con él”. Raquel Lobatón, nutrióloga incluyente y educadora en diabetes, explica que lo curioso es que “nadie nace odiando su cuerpo. Cuando somos niños no tenemos consciencia de que hay cuerpos que se consideran ‘mejores’ que otros”.

Sin embargo, a lo largo de nuestra vida recibimos constantes mensajes que nos indican que los cuerpos delgados son ideales o mejores que los grandes. “Nos van llevando a comparar nuestros cuerpos con aquellos que se muestran en los medios como aspiracionales”. Casi sin darnos cuenta ya nos hemos comprado la idea de que nuestros cuerpos no son lo suficientemente buenos, que tenemos que hacer algo para modificarlos. Ahí comienza el ciclo que se repite a lo largo de toda nuestra vida: Dieta + cuerpo con el que nunca estoy conforme + rebote + dieta…

Restricciones

Keto diet food ingredients

Cetogénica, paleolítica, de la zona… puedes bajar de peso con cualquier dieta porque todas implican restricción calórica. El problema con esto es que “tratamos de engañar a nuestro cuerpo, de engañar nuestras señales de hambre y saciedad. Nos hacen creer que no podemos confiar en nuestras señales”. Estamos engañando a esta señal primitiva de supervivencia que tiene todo cuerpo humano.

Lo peor es que muchas desde que entran a una dieta, empiezan a pensar en comida, cuando antes no lo hacían. “La comida se vuelve un pensamiento recurrente, sobre todo los alimentos prohibidos“. Bien dicen que lo prohibido es lo más deseado.

Obesión por el cuerpo

Cuando estamos a dieta, nos preocupamos de más sobre cómo nos vemos, cuánto medimos, si el pantalón nos queda flojo, si alguien nos dijo que bajamos de peso, etc. Y esto produce una enorme frustración si es que no vemos los resultados que esperamos, que generalmente son los de alguna modelo o influencer que vimos en Instagram.

Admitámoslo, tenemos expectativas que no existen: fotos retocadas de famosos, referentes que tienen el cuerpo operado, personas que solo hemos visto en fotos y que obviamente solo muestran su mejor versión.

Tú que ves los defectos de cada ángulo de tu cuerpo y que piensas que ‘si pesaras 5 kilos menos’ serías más feliz. Pues no, ni bajando esos 5 kilos, vas a estar conforme con tu cuerpo. El problema no está ahí sino en tu cabeza.

Estrés y enfermedad

“Vivir con hambre es estresante, segregas cortisol. Y se facilitan los procesos inflamatorios que pueden condicionar más a la enfermedad, explica Raquel Lobatón.

Según la especialista, está comprobado científicamente que subir y bajar de peso constantemente es más perjudicial que mantener un peso elevado toda la vida. ¡Protege tu sistema inmunológico, no lo destruyas con malos hábitos!

Vivir a dieta te engorda

Nuestro cuerpo es sabio y no quiere que muramos de hambre: “Nuestros genes aprendieron a ahorrar energía en época de escasez. Entonces, en el momento en el que falta alimento, el cuerpo empieza a almacenar grasa, baja el metabolismo y se empieza a quemar menos calorías, advierte Lobatón.

Por otro lado, entre mayor sea el tiempo de restricción, el cerebro manda más señales de hambre. Manda más grelina, que es la hormona del hambre, para que nosotros le hagamos caso. Es como una manera de alertarnos y de decir ‘ya dame de comer'”.

Cuando no podemos controlarnos más no es por falta de fuerza voluntad, sino porque nuestro cerebro ya envió demasiadas señales de alerta y lo ignoramos. “Y acabamos comiendo todo aquello que teníamos prohibido en la dieta, en cantidades excesivas, muchas veces en forma de atracón porque pensamos que es ‘la última vez en la vida que nos lo vamos a permitir’. Estamos seguros de que mañana vamos a empezar la dieta y que esta vez sí la vamos a poder lograr mantener por todo el tiempo que sea necesario”.

Luego de esto solemos sentir culpa y vergüenza, pero lo cierto es que no somos nosotras las débiles; lo es este sistema restrictivo, que lucra con nuestras esperanzas y al que a pesar de todo, volvemos.

Lección de amor propio: Aprender a comer en vez de aprender a restringirnos.